Opinión

Ser profesora, ser alumna... devenir Pintura
Un retrato es siempre una forma de autorrepresentación. Al elegir al sujeto retratado el artista se elige a sí mismo, proporcionándose un espejo que le devuelva, más o menos alterada, la propia imagen. María José Vela escogió retratar a su ex-alumna, la artista Nadia Faus Lorente.

Empleando diferentes medios técnicos y artísticos  -pintura, video, fotografía- el retrato de Nadia se va elaborando mediante retazos de textos y poesías, música, manchas de color y elementos figurativos. Este retrato híbrido es el producto de los últimos años de trayectoria de la artista quien, procediendo del campo de las artes plásticas, grabado y pintura fundamentalmente, se ha ido introduciendo en el ámbito audiovisual y de las imágenes manipuladas con ordenador, haciendo de su trabajo un territorio más mestizo.

Nadia está representada mediante un retrato en video de 20 minutos de duración, así como por tres cuadros uno de 150x150 cm. y dos de 100x100 cm. En ellos se combinan la abstracción -realizada con una técnica/invención de la artista que cual maga alquimista mezcla sus pigmentos secretos- y trozos de fotografías que también han pasado por la magia, menos romántica, del Photoshop. Mientras las fotografías enseñan fragmentos del cuerpo de Nadia, en la superficie pictórica, sobre grandes masas cromáticas, Vela esparce polvos brillantes y purpurinas de colores que le confieren a la obra una luminosidad propia, una luz pretérita que proviene del hechizo arcaico de Nadia, Hada y Estrella.

El videoretrato se inicia con el movimiento del mar, principio femenino, símbolo  del fluir de la vida, el lugar de nacimientos y renacimientos. Después oímos a la artista pronunciar un texto de su autoría sobre el proceso de dibujar al modelo de manera tradicional, mientras que el retrato se va desarrollando en un medio específicamente contemporáneo como el video. La cámara recorre el cuerpo de Nadia, fragmentándolo. De esta antítesis surge un discurso sobre las formas de representación, su convivencia y mestizaje, lo cual reafirma la misma hibridez del planteamiento artístico que en esta ocasión nos presenta María José Vela.

Este discurso se va profundizando cuando oímos una voz en off que lee un texto científico sobre la luz y el color, mientras el objetivo sigue recorriendo el cuerpo de la retratada, ahora desnudo, quien pinta sus propios cuadros y acaba con la piel manchada de pigmento. Nadia, la pintora, es retratada por otra pintora, con su cuerpo pintado, una hermosa metáfora que al asimilar el cuerpo y pintura, alude a la creación, y a la capacidad creadora del cuerpo de mujer. Nadia no pinta sólo con sus manos, ni con los pinceles, sino que lo hace con todo su cuerpo, la pintura parte de sí misma; para luego volverse a sumergir en el agua, en el espacio místico, elemento simbólico de todas las transformaciones. Así Nadia, en el mar, deviene la pintura misma.

La mayor parte del tiempo, Nadia aparece en su propio estudio, espacio que también la representa: cojines, telas, lienzos y pinceles...objetos que la rodean y que conforman su cotidianidad, al tiempo que reflejan sus inclinaciones y temperamento. La modelo habla, gesticula y se mueve con desparpajo, segura de sí misma, lee a Judith Butler y recita sus propios poemas. De la pensadora estadounidense se escoge un párrafo de su famoso libro El género en disputa, obra emblemática de la teoría queer, en la que Butler presenta su revolucionaria tesis sobre las identidades en constante construcción y la performatividad de éstas. La personalidad de la retratada queda muy clara: es una mujer pintora, creadora, libre... que juega a las identidades cambiantes, asumiendo el papel de grandes musas del pasado: una odalisca de Matisse, la venus del espejo de Velázquez y las majas vestida y desnuda de Goya. Nadia se disfraza, se enmascara, se transforma en estas mujeres emblemas de la belleza eterna, a las que altera con su belleza llena de vida. Es una puesta en escena que, más que celebrar estas obras míticas de la pintura occidental, subvierte su contenido al  permutar la presencia impoluta de estos cuerpos objeto de la pintura, por un cuerpo de mujer sujeto, que crea su propia obra y no espera pasivamente ser plasmada como musa. Nadia es una odalisca, una diosa, una maja contemporánea que no se expone inmóvil a la mirada del otro sino que construye activamente su propia imagen, sostenida por la artista quien es su amiga y su maestra.

¿Pero quién es la artista? ¿Quién la retratada? ¿No son ambas, artista y modelo, quienes juegan e intercambian sus papeles? Quienes se reflejan recíprocamente en este ir y venir de identidades nómadas elaborando un cuidadoso entramado en el que más que retratar un personaje se representa una relación, una relación de reconocimiento y respeto mutuo, de confianza, de verdadera circulación de autoridad femenina, que Vela ha sabido expresar de una manera impregnada de poesía.
Buscando una genealogía en la que situar esta obra he recordado el bellísimo autorretrato que realizó en 1785  la francesa Adélaïde Labille-Guiard junto a dos de sus discípulas, Marie Capet y Carreaux de Rosemond, como táctica para reivindicar que las mujeres pudieran tener acceso a la Academia, espacio vetado por razones tan timoratas como perversas. También el retrato que, por la misma época,  Marie-Victoire Lemoine le realizó a una artista en su estudio enseñando a  una pupila a dibujar. No es que haya muchos más ejemplos destacados de obras que reflejen la relación maestra/alumna, lo cual significa que existe un vacío simbólico en nuestra cultura visual para este vínculo; quizás porque se necesita ser abrumadoramente pródiga y desprendida con el propio talento para reconocer autoridad artística en la alumna, para además lograr que esa autoridad sea, a su vez, reconocida y devuelta en forma de confianza y entrega al trabajo de la otra, como Nadia, por su parte, demuestra hacer. O quizás porque esta magnífica obra nos demuestra habitar en una época feliz, presagiada ya por Virginia Woolf, donde las mujeres hablan y escriben sobre otras mujeres, donde algunas pintan, graban y fotografían a otras y donde la relación profesora/alumna se reconocerá al fin como una ilación primordial que es preciso investigar, representar y dotar de múltiples sentidos, para seguir hilando la historia de quiénes fuimos y lo qué hicimos.            

Elina Norandi                                                                                

Historiadora y crítica de arte 

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